Festín de amotinados (2000)

138 años

Francisca de Ceballos

Teresa entra en el comedor. Mi padre está terminando su cena. Viste su jersey gris de siempre. Cena sentado frente al retrato de mamá. El fuego de la chimenea hace resplandecer su cabello cano. Son las ocho; por la ventana ya no se ve el Mont Blanc, sólo las sombras de los dos abetos. Teresa, con su delantal blanco que resalta en su uniforme azul marino y su melena pelirroja recogida en un moño, se apoya en la mesa y mira a mi padre. Y mi padre levanta la mirada hacia ella.

Estoy segura de que pasó así. Después de haber echado de casa a la cocinera de mi madre, Teresa se había quedado sola con mi padre. Y esa noche estaba allí en el comedor, mirando a mi padre mientras él comía su fruta. Miraba su jersey gris habitual. Tenía seis iguales y parecía que llevaba siempre el mismo. Sobre todo al final de su vida, se resistía a comprar ropa nueva.

Veo perfectamente la escena. La he imaginado tantas veces que ya la tengo en la mente, con precisión. Después de morir mi padre y después de morir ella también, me sigue persiguiendo Teresa.

Sí, aquel día Teresa había vuelto a entrar en el comedor mucho antes de que mi padre terminara el postre. Ella mira a mi padre y al retrato de mi madre, en la pared.

—Sí. ¿Qué quieres? —dice mi padre.

—Pues nada, saber si no le faltaba algo.

Sus ojos brillan y ella desvía la mirada. Ahora es él quien la mira. “No está nada mal”, piensa mi padre. “Y joven. Apenas le lleva unos años a Marguette”. El retrato de mamá se encuentra frente a él. Pero aparta los ojos. Ahora que mi hermana Elena y yo apenas vamos a Chamonix, a Papá la casa le parece vacía. Nuestras amigas ya no animan los almuerzos de doce o quince personas que se daban con frecuencia en el comedor del chalet.

Teresa se aproxima a mi padre. Él baja la mirada y sigue pelando la manzana. Ella pasa por detrás de él. Huele el olor a jabón de Marsella de mi padre mezclado con el de madera quemada. Papá no vuelve la cabeza. Empieza a comer la manzana trozo a trozo. Ella está de pie detrás de él. Él huele su perfume. No es el de siempre. Es otro. Mi padre enseguida reconoce que lleva mi perfume, el Chanel Nº 5. Eso le extraña. Y deja de comer. Se quedan así inmóviles ambos. De repente Teresa se atreve a poner las manos en sus hombros. Siente su calor a través del jersey de siempre. Él no manifiesta sorpresa. Al principio no se mueve. Luego levanta despacio sus propias manos hacia las de ella y las coge. No ve su sonrisa de triunfo. Cuando él se levanta, la coge en sus brazos. El uniforme azul marino se aprieta contra la lana del jersey gris. Los ojos de Teresa brillan con desafío.

—Usted está solo desde hace tantos años.

—Es verdad.

—Sus dos hijas se han ido tan lejos...

—Sí.

—Elena casi no llama. Y Marguette, claro, está más lejos todavía. No ha escrito desde hace un mes.

Mi última carta sigue en el borde de la chimenea. Mi padre divisa los sellos de color rosa con la cabeza de Franco. Mi padre huele mi perfume en la nuca de Teresa. Se mezcla mi perfume con el olor a madera quemada del jersey gris de mi padre. De repente ella se aparta:

—Tengo que recoger los platos.

Esa noche ella no se atreve a entrar en la habitación de mi padre. Él la espera, pero no viene. Él, a quien le gusta tanto dormir en una habitación helada, deja la ventana cerrada por si acaso. No encuentra el sueño. Termina la noche en la biblioteca.

El día después, ella le sirve silenciosa. Cada vez que él la mira, se aleja. Huye a la cocina. En el pasillo huele a Chanel Nº 5. Cuando termina su naranja del postre de la cena, él va a prepararse el café a la cocina. Dice que nadie se lo puede preparar. Ella ha echado demasiada leña al fogón. Ha quitado las placas para limpiarlas. Se ven las llamas. Altas y agresivas. Como la mirada de Teresa. Él se acerca. Ella se seca las manos en el delantal. Las tiene gorditas y ásperas aunque les ha hecho masaje con crema. Mi padre piensa en las de mi madre, tan finas y delicadas. Huele a Chanel Nº 5. Y a leña. Y a cocina. Piensa en las manos de mi madre. Y en las de decenas y decenas de mujeres elegantes. Se acerca. Teresa retrocede de un paso. Da la espalda a la pared. Mi padre le arranca el delantal blanco. Ahora está toda de azul marino.

—No —dice ella—, aquí no.

—Sí, aquí mismo —contesta él.

—Pero usted y yo totalizamos 138 años...

—He dicho aquí mismo —repite mi padre—. ¡En su cocina!

Cuando volví a Chamonix, sentí que algo había cambiado. En cuanto entré en mi habitación vi que el frasco de mi perfume estaba vacío. Y que el retrato de mi madre que solía colgar encima de mi cama había desaparecido. De los numerosos cuadros representando a mi madre que se encontraban en casi todas las habitaciones de la casa, muchos faltaban.

—Los llevé para que arreglaran los marcos —refunfuñó Teresa.

Papá hablaba poco. Parecía cansado. Cuando entré en el comedor, vi tres cubiertos.

—¿Hay algún invitado?

—No, no hija, pero como estoy siempre solo... desde hace algunas semanas Teresa...

Me quedé poco tiempo. Volví pronto a España. Mi visita siguiente fue algunos meses después, entrado el verano. Ya no quedaba ningún retrato de mi madre en la casa y, peor, todos los álbumes de fotos de nuestra infancia habían desaparecido. Imagino muy bien la escena.

Mi padre se había ido de excursión. Al levantarse, Teresa experimenta un sentimiento de libertad. El uniforme está colgando en el armario. Lo saca y lo extiende sobre la cama. Se queda mirándolo. Sacude su melena pelirroja y se dirige con determinación hacia el armario. Coge otro vestido, de color pastel, y se viste lentamente.

Después, con método, descuelga todos los retratos de mi madre en la casa. Reúne también nuestros álbumes de fotos. Los abre uno a uno y repasa nuestros instantes de felicidad. La infancia de niñas ricas que ella no había tenido. Los trajes de fiesta que mi madre llevó entre las dos Guerras, trajes de lujo que ella nunca tendría. Aunque le quitara todo el dinero a mi padre, no sabría donde estrenarlos.

Los brazos llenos, Teresa lleva todos los retratos y álbumes a la cocina. Los contempla. Igual que la noche en que mi padre la sorprendió en la cocina, alumbra un gran fuego en el fogón. Vacila. Luego recuerda el tono de voz de mi padre cuando dijo: “Sí, aquí mismo”. Ella sacude su melena pelirroja y repite: “Sí, aquí mismo”. Uno tras otro echa los retratos y los álbumes en las llamas. Los más grandes tiene que destrozarlos. Goza de ver consumirse los vestigios de nuestra vida. No puede apartar la mirada de las llamas. Sus ojos destellan como los de un zorro matando poco a poco a su presa. También añade en el hogar los jerseys grises de toda la vida de mi padre. Huele a lana quemada.

Al atardecer suena el timbre de la entrada. Llega un mozo con el encargo que ella había hecho. Pregunta por ella. Teresa le da una moneda y sube cargada esta vez con paquetes nuevos a la habitación de mi padre. Desenvuelve los paquetes. Sobre la cama despliega seis jerseys nuevos. Azul marino.

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