Festín de amotinados (2000)

Esperanza, línea 4

Marta García Aller

No es que viaje en metro para espiar a la gente. También hago crucigramas, pero comprenderá que no podía pasar por alto a un pasajero que, para empezar, sonríe. Sí, sonreía a las nueve de la mañana de un martes; a mi edad uno ha visto muchas cosas, pero esto sorprende a cualquiera, ¿no cree? Entró en el vagón al tiempo que el silbido anunciaba el cierre de puertas. En agosto hace frío en el metro y hay que tener cuidado en las estaciones con las corrientes, por eso siempre viajo sentado en la fila central.

Este joven, porque no sé si le he dicho que era un joven (aunque ahora que lo pienso eso usted ya lo sabe, ¿no?), bueno, pues miró a derecha e izquierda y optó por el sitio del fondo del todo, se sentó y dejó entre sus piernas el macuto de tela que traía al hombro. Desde donde yo estaba no alcanzaba a seguir viéndole y como así no podía saber si seguía sonriendo, cerré los crucigramas y me incliné un poco hacia delante. Pero así tampoco.

Esperé impaciente a que se abrieran de nuevo las puertas, para cambiarme de sitio sin llamar la atención. Por fin el anuncio “Próxima parada: Serrano”. El metropolitano se detuvo y entraron dos o tres personas en las que no reparé, porque, como le digo, mi atención ya estaba fijada en aquel muchacho que había entrado en Prosperidad, sonriendo. Me senté justo enfrente, y me quité las gafas mientras le echaba otro vistazo, su gesto se había difuminado; las guardé en el bolsillo de la camisa.

Llevaba puestas unas sandalias de esparto bastante desgastadas, me fijo siempre en el calzado porque dice mucho de las personas. Continué observándole. Llegamos a Alfonso xiii y deseé que no bajara. No bajó.

Quizá le parezca que pude ser muy descarado, pero el joven estaba distraído leyendo el poema de Bécquer que decoraba la puerta de mi derecha. Se frotó la nuca. Ahora parecía conmovido y pensé que sería por el recuerdo de una mujer. Empezaba a encontrarme a gusto frente a este muchacho de ojos oscuros, porque sus emociones parecían sinceras, supongo que también lo era mi nostalgia. Desabroché los tres botones de mi chaqueta, por hacer algo con las manos.

Como le decía, tenía al joven justo enfrente; sacó ahora una libreta gris del bolsillo trasero de su pantalón deshilachado y se puso a escribir con un pequeño lapicero que con la otra mano había sacado del paquete de tabaco, creo que en ella apuntó el verso de la pared que le había ensombrecido el rostro. No sabe lo mucho que sentí no acercarme a ese joven y decirle que volviera a sonreír, pero no quise parecerle un viejo loco, se hubiera marchado.

Vi mi reflejo en el cristal por encima de su hombro y me guiñé un ojo, para saludarme. Oí entonces un aparato de esos móviles y miré al resto del vagón, de cuya existencia me había olvidado por completo. Aquel zumbido sonó una vez más y me sorprendió que no fuera otro que el joven de la sonrisa y las alpargatas, enamorado y poeta, quien lo sacara de su macuto de tela.

Lo miró un momento, apretó la tecla verde y dijo hola. Aguardó respuesta. Por un momento quise creer que esbozaba su sonrisa, pero no, sólo escuchaba y de pronto se puso triste, muy triste, tan triste como sólo se podría poner una mujer. Emitía un tenue sí de vez en cuando, tan tenue que tal vez sólo lo imaginé y mientras, él negaba con la cabeza y fijaba los ojos en el techo del vagón. Tenía el teléfono en la mano derecha. Rozó con los dientes su labio superior. La mano izquierda le sujetó la frente que ya no negaba ni asentía. Y llevó la mirada al verso que encabezaba la puerta, abierta, ajena al andén vacío. El pitido sonó y se cerraron todas, pero volvieron a abrirse. A veces pasa eso, ¿sabe? Sentí una corriente de aire frío por la pernera del pantalón.

¿Qué le pasaba al joven de la cara triste y los ojos cada vez más oscuros? Él sólo escuchaba y tragaba saliva, y tragaba palabras y soplaba las lágrimas que no le salían. Supongo que alguien le dijo que ya no le quería, porque él dijo pero yo a ti sí y colgó. Otra vez el pitido, y ahora sí que se cerraron, de golpe.

No puedo contarle más que lo que vi, y lo que vi fue dolor, porque le aseguro que se veía.

Dejó el aparato sobre sus rodillas. Los dos quedamos mirando para él. Antes no habíamos hablado, lo sé, pero le digo que en ese momento el poeta y yo intercambiamos un silencio. Luego sentí que respiraba fuerte, y no era un suspiro, eso lo sé, le digo que respiró fuerte. Y cogió la libreta, inquieto, noté que buscaba algo, el lápiz.

Sin embargo, fue el teléfono lo que cogió y se quedó inmóvil, mirándolo. Creí que lo iba a lanzar contra el suelo, pero simplemente lo miraba, y lo hizo al menos durante un minuto. Sin odio, ni pena, me pareció que sólo esperaba. El pulgar le temblaba, como si quisiera y no pudiera marcar, como intentando pulsar esa tecla verde que únicamente se atrevía a rozar.

Tuve miedo de que se hubiera olvidado de respirar, así que aproveché que el lapicero estaba caído a sus pies, para llegar a él. Me incorporé con ayuda de la barra, avancé un paso, conseguí recogerlo del suelo, y me senté a su lado con la excusa de llevárselo. Extendí la palma de mi mano a la altura de su pecho. Sin mirarme, cogió lo que le ofrecí, al tiempo que sujetaba el minúsculo teléfono con los dientes y se ponía a escribir. No crea que me ofendió que no me diera las gracias, sé que paso desapercibido.

Habíamos recorrido ya cuatro paradas juntos y me afectaba verle así. Por fin parpadeó e intuí que algo iba a pasar. Apartó con el pie su macuto hacia mí y cruzó las piernas. Apoyó la libreta sobre la rodilla y se puso a escribir. Sonreí, pero sin querer; es que me alegró que reaccionase.

Pensé en mirar por encima de su hombro y atrapar lo que estaba escribiendo, y mire, si le digo la verdad ya me daba un poco de apuro ponerme tan pesado. Así que me abroché la chaqueta, acompañado de la imagen que me devolvía la ventanilla de enfrente.

Y fue por azar, créame, que mi vista se fijó de nuevo en él (bueno, en su reflejo) y vi que escribía con fuerza, casi arañando el papel con su minúsculo lapicero. Eran trazos rápidos a veces, otras lentos, como los pensamientos mismos supongo. Me giré y le miré a la cara. No me había fijado antes en la cicatriz que tenía en la barbilla, de esas que se hacen los niños contra la mesa del salón y luego nunca se les quita. Sobre ella rodó una lágrima, que se escurrió y cayó sobre el papel. Con calma arrancó la hoja y la exprimió en su puño. Pero no la soltó.

Sin enfado ni prisas, el poeta sin sonrisa rescató el teléfono que arañaba con sus dientes y lo puso en el asiento de su izquierda, mientras seguía recogiendo, pero en aquel momento, para serle sincero, no le di importancia a este hecho. Con el mismo sosiego sacó el paquete de tabaco e introdujo en él su lápiz. Anunciaron la próxima parada, y él se levantó y echó al hombro su macuto. Fue entonces cuando me miró, ¿sabe?, pues sí, sí que me miró, y luego miró su cara en el cristal. De pie frente a las puertas dijo adiós y me dio su poema, para que yo lo guardase.

Las puertas se abrieron y el joven salió. Desenvolví con torpeza el papel arrugado y saqué las gafas del bolsillo de la camisa, para leerlo. El pitido no sonó cuando las puertas se cerraron. Miré el papel que tenía entre mis manos y volví mi cabeza hacia el andén para despedirme.

Aquel poema agrietado, empañado todavía por la lágrima que se le escapó al escribirlo, me asustó. ¿Comprende, verdad?, porque aquellos versos eran carne al rojo vivo. Pero ahora recuerdo que cuando el tren se ponía en marcha, lo vi caminando por el andén, con las manos en los bolsillos, ¿y sabe?, cuando le dije adiós iba sonriendo. Se bajó en Esperanza, me dio su poema y dejó aquí esto para que yo apretase el botón verde si usted le llamaba de nuevo. Me di cuenta cuando sonó aquí a mi lado, ¿entiende?, lo dejó en el asiento, para que yo le explicase a usted que esta vez era él quien la había abandonado.

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