Festín de amotinados (2000)

Tatica

La O Guillén

La última imagen que tengo de Julia es la de ella, sentada ante una mesa y con un plato de galletas en forma de pez delante. Llevaba puesta una saya marrón hasta los pies y una rebeca negra con un tinte descolorido. Me senté a su lado pero apenas si me miró.

—¿Qué haces, tatica?

—Nada.

—¿Me puedo comer un pez?

—Sí.

—Viene a cantar Antonio Molina al teatro Cervantes. ¿Vas a ir a verlo?

Julia me miró y no dijo nada.

—¿Qué te pasa tata? ¿Es que no quieres ir a verlo? ¿Por qué no me hablas?

— Estoy cansada.

Julia miró absorta las galletas en forma de pez, como si en vez de galletas, allí en el plato, hubiera un mar lleno de peces donde ella quisiera perderse. Miré el plato de galletas y me pareció azul.

—¿Me puedo comer otra galleta?

—Sí.

La habitación fría y destartalada estaba en penumbra. La única luz venía de la puerta de cristales que daba al patio. Estábamos en silencio y yo miraba por la puerta más allá de la luz. Subía con la imaginación las escaleras que iban a la azotea o pensaba en las que bajaban al sótano de la casa oscuro e impenetrable. Seguíamos en silencio y miraba a todos lados distraída. Julia estaba allí y en otra parte y yo la dejaba estar donde quisiera porque simplemente quería estar con ella; porque mi madre me habla dicho que estaba mala y pensé que se aburría y porque además las galletas en forma de pez estaban tan ricas que no podía dejar de comérmelas.

Por fin me preguntó:

—¿Qué tal en el colegio?

—Bien —le contesté sin mucha gana de hablar del asunto.

—¿Estudias mucho?

—No, no mucho.

Movió la cabeza varias veces asintiendo pero no dijo nada. Nuevamente guardamos silencio y yo aproveché para comer más galletas. Cuando Julia estaba buena también se quedaba callada a ratos, sólo que era diferente. A mí me parecía oírla en el silencio, mientras estaba sentada en la silla de enea que había contra la pared. Entonces Julia, como si adivinara, se daba la vuelta en la cocina y me decía:

—¡Ay, Calacha!

Y yo seguía con la mirada el baile de su saya marrón. Asistía al espectáculo de su trajín yendo de un lado a otro de la cocina: hablando, arrimando pucheros a la lumbre; encendiendo y apagando fogones, o remangándose el mandil para luego soltarlo.

En los bolsillos de tata siempre había de todo, por eso todos íbamos a verla. Nadie sabía muy bien por qué, y yo tampoco, sólo que no podía dejar de ir a verla. Pero ahora ya sí lo sé. Ahora sé que abrazada a ella el olor de azúcar de su falda hacía que se fuera el miedo. Al oscurecer le dije:

—Tatica: me tengo que ir a casa, se me hace tarde.

—Pues anda, vete. Anda, y dale un beso a tu madre de mi parte.

—Adiós, tata.

—Adiós.

Le di un beso y me fui por un corredor largo y frío. Al girar el pasillo para abrir la puerta, miré hacia atrás y la vi pequeña, meciéndose sobre el plato de galletas que me había parecido azul. Por eso ahora cuando miro al mar algunas tardes de luz extraña, veo una estela marrón corriendo entre los peces que se detiene y me dice:

—¡Ay, Calacha!

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