Festín de amotinados (2000)

Niebla

Raquel Gutiérrez Romero

Nada más sabía que su cita a ciegas se llamaba Mariano. Conchi estaba tan nerviosa que cuando hablaron por teléfono sólo le había preguntado el lugar y la hora. En el taxi que la llevaba al templo de Debod la idea de no poder reconocerlo era tan obsesiva como la niebla pegada a los cristales de las ventanas. Se recriminó su estupidez por no haberle preguntado cómo lo podría identificar. “Con esta niebla no lo voy a reconocer, ni él tampoco a mí”.

El coche paró donde le dijo Conchi, detrás de un BMW blanco del que estaba saliendo Mariano. Uno detrás del otro se dirigieron hacia adonde se adivinaba el templo de Debod. Llegaron casi juntos, no había nadie más que ellos. No tuvieron problemas para reconocerse en esa cita entre tinieblas.

“Menos mal que no hay más gente aquí que éste”, pensó Conchi.

—¿Eres Mariano? —dijo Conchi limpiándose con la mano los ojos empañados.

—Sí. Tú, Conchi, ¿verdad? —preguntó con timidez Mariano y estiró el cuello para ver quién era su cita a ciegas.

Intercambiaron saludos y palabras torpes que se acabaron rápidamente, como si temieran que, al abrir la boca, las nubes fueran a enredarse en la lengua del mismo modo que en los ojos. Inconscientemente y en silencio empezaron a dar vueltas alrededor del templo, como los peregrinos musulmanes alrededor de la Caaba.

“Qué pena, no se ve el templo. ¡Cómo me apetecería visitar Asuán!”, pensó Conchi con fastidio.

—Mariano —rompió el silencio la chica—, dice la guía de Egipto que el Templo de Debod era uno de los más sagrados. Allí iban los recién casados a bendecir su unión en un caballo blanco. ¿Es cierto?

El chico, desconcertado, se paró de golpe. Se sentó en el borde del estanque que rodeaba al monumento y con las manos seguía haciendo intentos vanos por descorrer la cortina de nubes que le separaba de Conchi

—Lástima que la niebla no te deje ver bien mi coche. He estado a punto de no traerlo. No tiene faros anti-niebla ¿sabes? Es un coche estupendo, un BMW blanco, precioso, potente, pero sin faros anti-niebla.

Conchi se acercó a Mariano y metiendo las manos en los bolsillos del abrigo le confesó con timidez:

—Me encanta viajar. Es lo único que me gusta, pero siempre voy sola.

—A mí me gusta coger el coche los días claros y ponerme solo en carretera —dijo Mariano incómodo por la proximidad de Conchi—. El problema es la niebla. No puedo sacar el coche sin faros antiniebla.

—Los faraones, eso es lo que quiero conocer. El Alto Egipto acompañada sería como poder subirse en una de estas nubes —dijo pegándose a la espalda Mariano agobiada por la humedad que le resbalaba por la cara y empezaba a destruir el maquillaje que con tanto cuidado se había puesto.

—Pues lo que es una chulada, tienes que verlo, es conducir mi coche. Todo el mundo lo mira, incluso sin los faros antiniebla. Es la envidia de mis amigos. La adrenalina se me dispara cuando estoy en la autopista. En carretera nunca pongo la radio, así puedo escuchar las revoluciones del motor.

Conchi abandonó el pequeño estanque del Templo de Debod y se dirigió a la barandilla desde donde en días claros la Casa de Campo aparece como una alfombra.

—¡Mariano! Ven, mira. Si esto fuera Egipto, los recién casados vendrían desde allí abajo, ¿lo ves? Bueno ahora no se ve nada, pero imagínatelo. Vendrían desde allí abajo hasta el recinto sagrado en caballo blanco. ¿Verdad que es romántico?

Mariano no sabía si era romántico, tampoco qué hora era, ni cuánto tiempo llevaban en la calle retirándose los trocitos de nubes se les pegaban tozudas a las pestañas como pelusas de un jersey de angorina.

“¡Qué chico!” Le daban ganas de brincar de contenta. “También le gusta viajar. Nunca he conocido a nadie que se interese tanto por el mundo como yo. Le ha impresionado lo del caballo blanco, es tan sensible”...

—Como siga así el tiempo no podré ir contigo de viaje con el coche hasta que me instalen los antiniebla —Mariano volvió a repetir su confesión a Conchi, su equivocación con el coche—. Pero es precioso, ya lo verás, tiene 100 caballos, salpicadero de madera. Tengo que ponerle los faros, todos mis amigos con coches peores, Seat Toledo, Opel, y cosas así los tienen, y con lo que me costó ya podrían o venir de serie o ponérmelos gratis.

Conchi, le cogió de la mano con dulzura y al tiempo que la acariciaba le reveló en un tono de confidencialidad el mayor de sus secretos:

—Mi mayor ilusión es ir al Egipto de los faraones, ya te lo he dicho, pero todavía no lo he hecho porque ese viaje no quiero hacerlo como los otros. No quiero ir sola. —Trató de buscar los ojos de Mariano, perdidos en la niebla, para acompañar sus palabras con una intensa mirada.

Mariano se quedó parado, pensativo. Al cabo de unos minutos suavemente tiró de la mano de Conchi y se pusieron a caminar, a dar vueltas de nuevo al Templo de Debod en silencio, con las manos enlazadas, ceremoniosamente.

“Seguro que se ha molestado”, se recriminó Conchi. “He metido la pata, no tenía que haber sido tan directa. Quizá piense que quiero presionarlo para que formalicemos una relación que no quiere o que le da miedo. A lo mejor le parece que voy muy rápida”.

“O sea, que hace ya dos meses que encargué los faros y todavía no me han avisado para que lleve el coche”, pensó Mariano con el ceño fruncido a la vez que retiraba bruscamente su mano de la de Conchi para limpiar el vaho de los ojos que no le dejaba ni ver ni pensar.

“¡Qué corte!”, se arrepintió Conchi “¡Mira que gesto de contrariedad acaba de poner! Yo tampoco estoy segura de querer hacer el viaje con él, aunque le guste viajar. También necesito saber qué pretendo de esta relación, porque viajar es importante...”

“Claro, fue en enero cuando encargué los faros antiniebla, porque fue justo al día siguiente de escribir a la agencia de contactos cuando fui al taller”.

“Pero también tengo que pensar si quiero que nos casemos, que tengamos hijos, si nos los llevamos de viaje”, seguía cavilando Conchi alrededor del templo y tratando de espantar la niebla a soplos.

“¡Qué informales! Tengo que llamar. A lo mejor se han olvidado, y les dije que me corrían prisa los faros, que no tengo otro coche y todavía pueden quedar más días de niebla.”

“... y saber si estoy preparada para ese compromiso, para una vida juntos en familia. Porque viajar sola no me gusta, no es romántico, pero con él... No sé. No estoy segura. Es que tampoco lo conozco tanto...”

“Si no los han encargado, que me devuelvan la señal y me den el libro de reclamaciones. Todos mis amigos los tienen, incluso Pedro y Chema que tiene que tienen un Corsa antiguo”. Hasta Conchi oyó cómo le rechinaron los dientes.

“Está enfadado”, observó Conchi. “Mira cómo también ha fruncido el ceño. Quizá me esté equivocando y quiere una relación más íntima, pero es que acostarse el primer día... O quiere un compromiso formal y se ha dado cuenta de mis reservas, por eso no quiere hablar de lo que siente, por miedo a que lo rechace.”

“Los voy a denunciar como mañana no hayan traído los faros. ”

Conchi, cansada de dar vueltas al Templo volvió a coger la mano de su compañero y lo condujo al borde el estanque para sentarse de nuevo y poder ver su cara ayudada por los focos que débilmente se proyectaban sobre el monumento.

“¡Qué vergüenza! Mira cómo aprieta los dientes”. Conchi escudriñaba la cara de Mariano. “Yo hubiera reaccionado igual si él hubiera sido tan brusco como yo.”

“Mañana los amenazo con una denuncia”. Mientras pensaba esto, Mariano apuntaba con el índice.

“Me he pasado”, asumió Conchi con ojos empañados. “Mariano no tiene la culpa de que yo sea una romántica tonta que está esperando que el Príncipe Azul la traiga aquí en caballo blanco. ”

“Es que hace dos meses ya”, siguió calculando mentalmente Mariano y limpiando el vaho de sus ojos tozudamente.

—Mariano —dijo Conchi con un hilo de voz.

—¿Qué? —dijo Mariano sorprendido.

—No te tortures —le suplicó Conchi al borde de las lágrimas—. No debí haberte dicho eso, soy como una colegiala... —El sollozo la interrumpió.

—¿¡Qué!? —Mariano estaba atónito.

—Soy una estúpida —siguió llorando—. Ya sé que el Príncipe Azul sólo existe en mis cuentos de niña y que no hay caballos blancos.

—¿No hay caballos? —dijo Mariano desconcertado y poniéndose de pie para irse de ese lugar. Ya no soportaba más la niebla, ni la humedad, ni el frío.

—Piensas que soy tonta, ¿verdad?

Mariano trató de pensar todo lo rápido que podía para encontrar una respuesta segura. Finalmente se le ocurrió lo que creía que podría funcionar.

—No.

Conchi, emocionada, le cogió de la mano y lo detuvo. Trató de fijar en él sus ojos todavía llorosos que apenas podían distinguir la silueta de Mariano. Buscó su cara con gestos de ciega y cuando la encontró se la acarició con alivio y ternura:

—Gracias.

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