Festín de amotinados (2000)

El manuscrito

 Inés Arias de Reyna

Cuando la soledad llega dile adiós.

A todos aquellos a los que dije y diré adiós.


Eva abrió las tapas de cuero del manuscrito, encuadernación del siglo xvii. Increíble, se decía mientras aspiraba el humo del cigarrillo, increíble, soltó el humo hacia arriba, lo siguió con la vista, después volvió sobre el manuscrito, increíble.

Stefan llevaba buscando aquel dichoso librito diez años y ahora ella lo tenía delante, en su mesa, en la biblioteca en la que trabajaba. Se removió en el asiento. Increíble.

Diez años, Eva se había pasado diez años, primero de novia y luego de casada, oyendo a Stefan hablar sobre ese manuscrito. Diez años escuchando los estudios que hacía Stefan sobre la desaparición de aquel libro. Diez años comiendo sola, cenando sola. Diez años sin ser escuchada, sin ser importante. Y ahora el manuscrito estaba delante de ella.

—¿Y qué hago contigo? —dijo en voz alta. Apagó el cigarrillo y miró el libro. Se le ocurrió enterrarlo, o mejor quemarlo, o quizá...

Cerró el manuscrito y apoyó los brazos en él. Miró a su alrededor. Estaba sola en la biblioteca, siempre sola. Volvió a su cabeza la idea de quemar el libro, sin embargo hacerlo le pesaba, no quería sentirse culpable, no quería seguir escuchando a Stefan. No quería cenar sola, otra vez.

Se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, volvió a encender otro cigarrillo. Pasó la mano por la encuadernación. Ahora Stefan debía estar en la universidad, explicando a sus alumnos cómo eran esas tapas de cuero, esas que ella tocaba. Sacó de un cajón unas tijeras y las puso encima del manuscrito. Soltó una bocanada de humo sobre ambos, tijeras y manuscrito.

Pensó en volver a casa, dejarlo todo como estaba, no tocar nada, no hacer nada, volver y sonreírle. Pero ya no era capaz de sonreír. Cogió las tijeras, abrió la tapa y puso la primera hoja entre las cuchillas de éstas. La mano le temblaba, cerró los ojos muy fuerte y cuando los abrió estaba llorando. Soltó las tijeras sobre la mesa. El manuscrito estaba intacto. No puedo, pensó, no puedo. Se llevó las manos a la cara. No quiero volver a cenar sola. Quiero que alguien me escuche, quiero ser importante.

Apagó el cigarro y encendió otro. Se levantó de la silla, cogió el manuscrito y lo metió en una bolsa de plástico. Salió de la biblioteca. Anduvo por la calle con el libro muy apretado al cuerpo. Llegó a su coche y mientras lo ponía en marcha se dijo: “Quiero ser importante para alguien”. Se lo repitió todo el camino.

Aparcó el coche frente a la facultad de Historia. Cogió el manuscrito entre sus brazos. Fue al despacho de Stefan. Estaba sentado frente a la mesa.

—¿Qué haces aquí? Estoy ocupado.

Eva puso el manuscrito delante de él.

—Toma.

Antes de ver a Stefan sonreír, salió del despacho. Se fue a casa, recogió sus cosas, las pocas que consideraba importantes, cerró despacio la puerta, apoyó la espalda en ella y mientras se secaba las lágrimas se susurró: “Quiero ser importante para alguien”.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro