Festín de amotinados (2000)

Haciendo croquetas

Josheras

María, sentada frente a la mesa de mármol de la cocina, redondeaba pequeñas porciones de masa compacta de color lechoso. Según sus cálculos saldrían cuarenta o cincuenta croquetas, suficiente para cena y comida de ellos y la de su hija. Se las endosaría en el “tupper” al recoger al nieto. Las primeras no las contó, las fue depositando en una fuente con el último rebozado de pan rallado, mientras escuchaba a Teresa Campos: “La líbido debe estar presente en la mujer durante toda su vida”. María frunció el ceño y le espetó: “Puta”, sintiendo no poder desconectar la radio en ese momento por la cantidad de masa que tenía entre los dedos.

Ahora empezaba a ofuscarse mientras movía las manos frotando una con otra la masa. ¿Por qué repetía de nuevo el programa de Navidades? María pensó que otras mujeres oirían ese programa por primera vez: “Prácticas sexuales en la tercera edad”, y quizás lo intentarían llevar a la práctica como hizo ella. Miró el plato de croquetas de una ojeada, vio diez o doce. Instintivamente aceleró el trabajo de amasar y pasarlas con rapidez del plato de pan rallado al del huevo. Su nieto llegaría pronto del colegio y le había prometido que comería croquetas para la cena. Ahora, con los nervios que le había puesto la Campos le salían de forma apepinada.

“Si hay que recurrir a cualquier tipo de ayuda para que la mujer logre el placer completo, se recurre”. Volvió a escuchar en la radio.

La otra vez que María oyó el programa estaba planchándole una camisa a Pablo, su marido; se acordaba porque era la camisa que le regaló por Navidades y la plancha había dejado una marca marrón en la manga derecha. “Huele a quemado”, comentó su marido mientras colocaba con las pinzas el último sello adquirido para su colección. “Es verdad, con esto de la radio casi se tuesta la camisa”. “Si quieres —siguió hablando Pablo— le pido al médico la Viagra esa”. “Qué cosas dices, a nuestra edad, pero tú verás, aunque por mí no lo hagas”.

Dieciocho croquetas, acababa de contarlas apartándolas una a una con el dedo meñique, las mismas que contenía el frasquito aquel, dieciocho pastillas azules.

Cuando María vio el frasco encima de la mesilla, sin ningún envoltorio, notó un calor por todo el cuerpo, como aquella vez en el Balneario cuando le aplicaron los lodos. La simple contemplación de aquella medicina le hizo sentir ternura, sentimiento que continuó cuando su marido la buscó en la cama con una necesidad que hacía tiempo no experimentaba, porque otra cosa no. La líbido, como decía Teresa, ni la notó, y casi no se acordaba si la había sentido alguna vez en su vida.

Cuatro más, veintidós, la masa más o menos estaba en su mitad, volvió a acelerar los dedos a la vez que recordaba la cara de Pablo al levantarse al día siguiente, más pálido que de costumbre. María ya le notó muy fatigado durante la noche, pero lo achacó a la falta de práctica en realizar el acto sexual, por lo menos lo que ella entendía por acto sexual; la verdad es que Pablo había aguantado el embite más que en veces anteriores. Al afeitarse comentó a María: “Tendré que ir al médico, para ver si esto es normal”.

Volvió a contar, treinta y dos, aquello terminaría pronto, más o menos le quedarían doce, eso, recordó, ése era el número de pastillas que quedaron cuando se cayó el frasco. María se empezó a liar con aquella numeración. Debió de ser por las veces que recontó aquellas pastillas derramadas por el suelo y cuyo frasco no había vuelto a usarse desde que, ante las bajadas de tensión de Pablo, el médico le advirtió sobre los riesgos que aquellas pastillas podían ocasionar.

Hacía un mes del pequeño accidente casero y María no lograba redondear las dudas y atar los cabos que estallaban en su mente. “¿Por qué doce y no diecisiete?”, pensó.

Cuando María vio el frasco roto y las pastillas diseminadas por el suelo, se acordó de su nieto. Instintivamente cerró la puerta, cogió un kleenex y recogió cristales y pastillas todo revuelto. Al fin y al cabo ya no valían para nada... Doce, sólo aparecieron doce. Barrió, fregó y palpó palmo a palmo la habitación, ni una más. La última porción de masa desaparecía de sus dedos, las otras cinco no aparecieron y María pensaba si era por eso que Pablo, a raíz de la caída del frasco, dejó de ducharse a diario, y de arreglarse y ponerse corbata cuando iba a ver a su madre. De vez en cuando le decía: “María, cuídate esa artrosis que te va deformando los dedos, cada vez se te caen más cosas”.

Cuarenta y dos, habían salido cuarenta y dos croquetas. Las miró con cariño, retocó algunas un poco, alargadas, y con las puntas redondas, casi todas del mismo tamaño. “Perfectas”, diría su hija. Se miró a los dedos, no estaban tan torcidos. Teresa Campos seguía hablando y en su cabeza las ideas seguían sin atar.

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