Festín de amotinados (2000)

No más compresas

Carlos Molinero

“No más compresas”. Ése fue su pensamiento antes de sentir añoranza de la vida. Al oler el sudor de las chicas iluminado por los focos multicolores, recordó cuando su corazón palpitaba y producía un suave zumbido en los oídos. Sin lograr entender cómo alguna vez pudo dormir con ese ruido, menos machacón, pero más repetitivo que la música que hacía vibrar su caja torácica, se dirigió a la barra haciendo ese gesto de limpiarse el sudor con la mano que tan bien había logrado imitar durante años.

Pasó cerca de la puerta de la calle cuando se abrió. La ráfaga de aire hizo temblar a una chica gorda de minifalda vertiginosa y medias negras a punto de estallar por la celulitis. Él no sintió nada, pero pensó que el escalofrío que recorría a la chica era el que llevaba padeciendo desde que le cruzaron al otro lado. La puerta se cerró y el olor menstrual se coló en su nariz. Si hubiera tenido saliva, habría tragado. Se quedó quieto, esperando una nueva oleada. Llegó acompañada por el redoble de la caja de ritmos. Era una sangre adolescente que empapaba una compresa. Estuvo tentado de volver a su antigua ocupación, pero ya estaba cansado. Era definitivo. O entraba, o salía. Había llegado a esa conclusión cuando le pillaron mordisqueando la compresa recién desechada de una veinteañera, que por el regusto de su sangre menstrual tenía una leucemia que aún no había sido contaminada con el repugnante sabor de la quimioterapia. La chica se había dejado algo en el cuarto de baño, volvió a entrar y le pilló. Sus amigos llegaron de la nada. Podría haberlos matado a todos y haberse comido sus vísceras mientras agonizaban, pero como nunca había matado a nadie, tampoco lo hizo esa noche. Le dieron una brutal paliza y se mearon en su cara. Ese día, mientras se revolvía dolorido en su escondrijo de la línea 1, lo decidió. Se volvería un cazador o se quedaría a esperar el sol sentado en un banco. Para que el ansia fuera mayor no salió de su refugio en varios días. Por eso había sentido una oleada de ansia al oler como la sangre fresca empapaba los pelos del coño de la gorda minifaldera antes de pasar a su compresa lentamente, casi gota a gota, haciendo que el algodón sintético se inflara y cogiera esa textura pastosa que hacía estremecer sus dientes hipersensibles. La ignoró con un esfuerzo de voluntad que no había hecho en más de cien años. Entró en la pista dejando que los cuerpos vivos le rozaran. Notando como el sudor fresco, ensuciado por los restos de drogas de diseño, se metía en su nariz, como la carne viva se rozaba con sus poros sucios e inservibles. Corazones que latían desfasados de la música y que producían en sus tímpanos un dolor parecido al que sintió cuando su vida desapareció, dejándole tirado con un frío que llevaba mucho tiempo sin quitarse y un ansia dolorosa que producía espasmos en su estómago y pinchazos en sus testículos. Las dos únicas partes de su cuerpo que le mandaban información.

El hambre era tan intensa, que no sabía a quién escoger. Estuvo oliendo, mirando y escuchando durante dos horas. Las luces dañaban su retina, pero el estómago dolía tanto que apenas lo notaba. La eligió por fin a ella. Pantalón ajustado, botas de tacón, pelo rubio y sonrisa eterna.

La elegida entró en el cuarto de baño. Esperó en la puerta un rato y tras ver salir a un par de adolescentes gritonas al filo de la anorexia entró en los servicios. Por encima de los diversos olores logró distinguir el del perfume sudado y el de espuma televisiva que hacían única a la sabrosa rubia. Hacía años que no había pensado como sabrosa en ninguna mujer. Respiró hasta que el hedor latente del joven corazón le consumió el paladar. Sus dientes surgieron con lentitud, desgarrando unas encías que no habían sido laceradas en mucho tiempo. Notó cómo la pulsión de los primeros cazadores hacía aumentar sus músculos, contrayendo los nervios muertos con una energía desconocida. Se acercó a la puerta y el olor puro del virginal y perfumado coño le resultó demasiado suave. Se apoyó en el quicio de la puerta. Cerró los ojos para llenar a gusto sus pupilas de sangre y producir ese efecto inútil, pero resultón. La gorda de minifalda entró en ese momento a toda prisa. No la vio, pero sí la olió. La obesa le empujó y se metió a toda prisa en uno de los retretes. Mientras la rubia tierna se levantaba las braguitas, pudo oler como la gorda se las bajaba. Dejando al aire, lo sabía, unas bragas negras de más de dos días de uso, una compresa llena de grumos, que se incrustaban en su cerebro y le hacían imaginar su encéfalo como un gigantesco Ferrero Roche. Detuvo el temblor de sus labios y buscó de nuevo el joven olor. Pero la gorda se puso a defecar y las heces se mezclaron con la sangre y con la orina, y por la peste, esa mierda era negra, muy negra. Como corresponde a la sangre coagulada de los derrames intestinales. La sangre negra, mezclada con la sangre menstrual. Sangre densa, grumosa, fuerte. Sin poder evitarlo se quitó de la puerta del retrete que pretendía asaltar, justo a tiempo para que la chica saliera. Pero ya no la vio, porque el olor de la comida había invadido su cerebro. Tuvo el tiempo justo para ver si había afuera algún amigo peligroso. La chica minifaldera salió del servicio y tiró su compresa usada en la papelera.

Se agachó y recogió el energético deshecho. Antes de que dos adolescentes de tetas hipertrofiadas abrieran la puerta ya estaba escondido en el retrete que había usado la minifaldera. Sus heces oscuras flotaban en la taza sucia y casi anulaban el olor de la compresa. Las manos le temblaban mientras despegaba el adhesivo. Respiró el aroma hasta que sus oídos anularon el ruido exterior y se quedaron clavados en el ligero crujido del material absorbente empapado de sangre. El temblor producido por la emoción hizo que dejara caer la comida en el retrete. Bajó la cabeza como un depredador al que ha despistado su presa. En la taza flotaba la mierda negra y compacta, que era coronada por la genial y ultrabsorbente compresas con alitas. Cerró el pestillo y cogió el manjar. Mordió la compresa con avidez y al degustar el acre olor de la sangre intestinal como un previo al inconmensurable y destructivo aroma de la sustancia absorbente se alegró por el fallo de sus nervios calcinados. Paseó la pastosa delicia por sus labios y la gozó. Habría sido mucho más feliz si la compresa no hubiera sido marca “Alcampo”. Además de tener unas molestas fibras de plástico que se le metían entre los dientes, su algodón artificial tenía más sabor que las de “Evax”, que eran por completo insaboras, conservando inmaculada la amargura del líquido alimento. No pudo imaginar cómo pensó en beber sangre. Cómo pudo comparar el acto primitivo de deglutir con el sutil rito de rasgar el plástico transparente en un solo sentido, de romper el polímero inflado por el líquido en fase de coagulación, de chupar las bolitas cargadas de sangre muy despacio, hasta que toda la esencia sangrienta pasaba a su tubo digestivo. Mientras deglutía le llegaron los últimos efluvios de las heces oscuras y al aspirar ese aroma a derrame intestinal mientras paladeaba su cena supo que nunca más estaría tan cerca de la felicidad.

Terminó y salió del servicio. Antes de llegar a la pista se arrepintió de lo que había hecho. No se lo podía perdonar. Había vuelto a caer. Estaba al borde de la depresión, pero el escuchar la música, el oler el sudor de la sangre viva y el notar el estómago lleno le devolvieron las ganas de existir. Sonrió y pensó que a la noche siguiente todo sería distinto. Se convertiría en un depredador y el olor de los coños sanguinolentos se perdería para siempre. Y mientras tomaba conciencia de que era poderoso, insaciable, y eterno, deslizó la lengua entre las muelas intentando arrancar, sin conseguirlo, los hilillos indigeribles de la alimenticia compresa.

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