Festín de amotinados (2000)

Buscando sus brazos

Carlos van Oosterzee Ruano

Acabada la actuación de los payasos el director de pista anunció la salida de los trapecistas. Giré la cabeza. A mi izquierda, mi hija, feliz en el día de su cumpleaños y Pilar, mi mujer, miraban esperando verlos aparecer.

Comenzó a sonar la música, se apagaron las luces, hubo unos instantes de oscuridad casi total y el reflector proyectó un círculo de luz blanca sobre el fondo de la pista. En él entraron los tres trapecistas, la mujer en el medio; llevaban las capas azules desplegadas sobre los hombros y con pasos rápidos y ágiles fueron hacia el centro. Se quitaron las capas, el círculo de luz se dividió en dos, uno la siguió a ella mientras subía por la escala cercana a nosotros apoyando con suavidad los pies. El otro círculo iluminó a sus compañeros, que subían por la gruesa cuerda del otro lado de la pista utilizando sólo la fuerza de sus brazos, con las piernas juntas y en ángulo recto con el cuerpo.

Miré a Pilar, su mano acariciaba la cabeza de nuestra hija que miraba atentamente como subían los trapecistas. Recordé que cuando la conocí sus manos fueron lo que más llamó mi atención. Eran pequeñas, de dedos largos y finos. Las movía continuamente al hablar, con una excepción que descubrí más tarde; cuando iba a decir algo importante las mantenía totalmente inmóviles unos segundos hasta que empezaba a hablar. Hacía una semana, el domingo pasado sus manos se habían quedado quietas cuando al entrar en el coche me dijo:

—Sé lo tuyo con esa mujer, me lo han contado. Sé que empezó el verano pasado. No quiero explicaciones. El tiempo que llevas con ella lo explica todo. Tenemos que tomar una decisión y acabar con esta situación cuanto antes. —Lo dijo con tranquilidad, como hacía siempre que hablaba cuando había tomado una decisión. Sabía que lo nuestro se había roto hacía tiempo, y a pesar del dolor que sentía, no quería prolongar el fracaso de nuestro matrimonio.

Llevaba saliendo con Beatriz cerca de un año. Quizás todo empezó porque Beatriz era totalmente distinta a Pilar, de cara aniñada, pelo negro muy corto, nerviosa, espontanea, incansable, con frecuencia irreflexiva. Parecía difícil con ella caer en la rutina. Había entrado en mi vida como aire fresco, llenándolo todo con su actividad, rompiendo con la monotonía, haciendo cada día distinto a los otros. Después de haber tomado la decisión de irme a vivir con ella varias veces, había sido incapaz de llevarla a cabo; quizás la renuncia a estar cerca de mi hija y el temor a un nuevo fracaso hacían que en el último momento siempre me asaltara la duda y me preguntara si no sería una equivocación.

El mallot blanco bajo la intensa luz del reflector atrajo de nuevo mi atención hacia la trapecista, que sin el más mínimo error, realizó un doble salto mortal girando con el cuerpo encogido como una pelota, para estirarse después y cogerse de los brazos del portor. Volvió al otro lado, junto al trapecista más joven y de pie, en la pequeña pasarela su frágil figura agradecía satisfecha los aplausos.

Al verla en el trapecio pensaba que tenía cosas en común con ella. Yo también iba de unos brazos a otros; en los de Pilar había querido mucho, pero los de Beatriz prometían un cariño distinto, nuevo, rejuvenecedor. Como ahora a la joven trapecista me envolvía la oscuridad, en los últimos años, poco a poco se había ido apagando la ilusión, convirtiendo en silencio las palabras de amor; pero entre la trapecista y yo había una gran diferencia, ella tenía bien medidos los saltos que daba. Mi salto sólo el tiempo lo podría medir.

Volví a mirar a Pilar, aplaudía ahora con fuerza y aunque apenas distinguía sus manos, los dedos seguían siendo largos y finos, pero no llamaban ya mi atención como años atrás. El paso del tiempo había hecho desaparecer en mí la necesidad y el deseo de acariciarlos. ¿Me pasaría igual con Beatriz?, ¿llegaría también un día el desencanto?

Convencido de que la trapecista olvidaba sus temores para lanzarse al aire, decidí definitivamente hacer frente al destino, plantarle cara al futuro y probar una nueva vida al lado de Beatriz. Entonces se anunció el número que iba a cerrar el espectáculo. Un triple salto mortal de la trapecista con los ojos tapados. Sonó un largo redoble de tambor, un antifaz negro cubría sus ojos. Cogió el trapecio y empezó a balancearse; al principio lentamente, luego cada vez con más fuerza. Paró el tambor, el silencio era total. Se soltó del trapecio y empezó a dar vueltas. Mis manos sudorosas se apretaban una contra otra, el corazón me golpeaba fuertemente en el pecho. Con la respiración contenida seguía con la vista su cuerpo volando por el aire. Si ella era capaz de conseguirlo, ¿por qué yo no podía lograr cambiar mi destino?

Se estiró en el aire, las manos buscaron los brazos de su compañero para agarrarse. Llegó un instante tarde, sólo pudo rozarle con la punta de los dedos; oí mi grito entre los demás gritos y se precipitó hacia el suelo.

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